Oaxaca de Juárez, 20 de marzo. A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción, así comienza una fantástica canción de mi primo el nano, Joan Manuel Serrat, la canción justamente se llama: Esos locos bajitos; al Conocer a Tadeo, hijo de Mónica y Adrián, confirme que la frase es cierta, su primera alegría era justamente la satisfacción de ver en su hijo el gran parecido físico con ellos. Al final los hijos representan la oportunidad de vernos niños una vez más, de regresar a esa inolvidable época de la felicidad pura, la que da una simple envoltura, donde la cajita feliz efectivamente es la caja, la de reír honestamente por todo, la de no mentir porque la malicia aún en nosotros no existe, es el tiempo donde el dinero solamente es un pedazo de papel sin un valor monetario, donde la economía de mercado no es mas que una frase absurda y seguramente equivocada. Dónde no importa que la gasolina cueste por primera vez 10 pesos.
La vida de un niño es justamente vida, correr entre la lluvia, sobre la arena, mecerse relajadamente en un columpio, volar sobre una resbaladilla, deslizarse en una prolongada bajada sobre una avalancha, comer una naranja y chorrearse todo el jugo sobre la playera blanca, disfrutar un gran helado o pastel de chocolate. Recoger insectos, incluso degustarlos es algo común, el mar es en un principio infinito, la luna con el conejo brincando siempre estará al alcance de nuestras manos, la vida transcurre maravillosa, en un ring de juguete El Santo puede destrozar a Jhon Cina, incluso puede hacer pedazos al hombre araña o al Capitán América.
Lo valioso de un niño lo podremos encontrar siempre en las bolsas del pantalón, en la bolsa derecha un pedazo de chicle, un luchador con la pierna derecha ajustada con una pegatina, un tazo viejo y casi blanco, un mal recorte de periódico con la fotografía de un angry birds; en la bolsa izquierda una canica, una liga, dos gomitas, la ultima mordida de una manzana, la semillas de unos frijoles que crecerán al cielo y dos caramelos ya chupados.
Gracias a los hijos uno puede regresar a las viejas y buenas lecturas, El gato con botas y su ingenio para resolver problemas, Hansel y Gretel y las terrible decisiones que pueden tomarse ante la pobreza, Blanca Nieves y la infinita lucha de la belleza y el bien contra la fealdad del mal, La bella y la bestia demostrando que la que lo que vale la pena es el alma, en fin un mundo interminable de hadas, de fantasías, y de magia que solo la imaginación de un niño sabe comprender y desarrollar.
Comparto con ustedes esta bella canción de Alejandro Filio: Despierta, son las siete y media y hay que empezar otra vez la tradición, despierta yo también fui presa de esta mal de luchar contra el reloj. Este milenio acaba y no es sencillo y no lo ha sido para nadie, entérate. Sólo despierta que Carlito espera y la mamá de nuevo no durmió. Despierta Prestón y la sala no son nada sin no estas alrededor. Despierta que encontré en mi almohada para empezar de nuevo una razón. Sé que no soy el indicado para hablarte de soñar, no hay nada que agregar solo despierta. Despierta, que el volcán no estalla y salinas no contó lo que ocurrió, despierta cortas son mis alas pero están dispuestas al amor. Este colegio es todo un paraíso y en camino existen bichos y color. Sólo despierta, o hazme un lugarcito para soñar y olvidemos el reloj. Cuando dejas tus zapatos pegaditos a los míos se sé bien, no entiendo bien si estoy construyéndote un futuro o curándome un pasado, pero sé que este cuento no acabó, no terminó…
La vida inicia siempre una vez más con el nacimiento de un hijo, es cierta aquella frase de Colosio, la tierra no nos fue heredada por nuestros padres, nos fue prestada por nuestros hijos. Estos seres maravillosos son definidos también por el maestro Serrat, en una canción que quise diera titulo a este artículo: A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción; ésos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor. Niño deja ya dejar con la pelota, niño que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca. Esos locos bajitos que se incorporan con los ojos abiertos de par en par, sin respeto al horario ni a las costumbres y a los que, por su bien, (dicen) que hay que domesticar. Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y de nuestro porvenir. Por eso nos parecen que son de goma y que les bastan nuestros cuentos para dormir. Nos empeñamos en dirigir sus vidas sin saber el oficio y sin vocación. Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción. Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós. Ahí se las dejo.
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Pero algo tengo claro, cuando los padres se comprometen a compartir con sus hijos los cambios que vamos teniendo como humanos, van creando en uno, la confianza de saberse respaldado y esto, a la larga, hace mejores personas, siempre es importante voltear al pasado y darse cuenta que todo lo que vamos sembrando, en el futoro dejará sus frutos, como la familia, la amistad, la hermandad, pero sobretodo el respeto.
Humberto Suárez.